Lo impensable estaba pasando. Diecisiete años después de uno de los crímenes más horrendos que haya presenciado el país, cometido por agentes del Estado, éste pedía perdón. Algo nada creíble unos años atrás. Pero ocurría, en una noche memorable para este país acostumbrado a que haya delitos y de lesa humanidad, pero no delincuentes, la impunidad en toda la línea.
“En nombre del Estado y del gobierno que represento, pido perdón público por el crimen de Manuel Cepeda Vargas “, expresó con la voz más grave y pausada que se le escuchara al ministro del Interior, Germán Vargas Lleras, en la sesión plenaria de las dos cámaras del Congreso de la República.
Convocadas para tal fin, en un hecho histórico jamás visto por la nación, y en cumplimiento de un mandato de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que condenó al Estado por el homicidio del senador Cepeda el 9 de agosto de 1994, servían de solemnes testigos de las palabras del ejecutivo. En especial, que sucesos tan aberrantes para la dignidad de un pueblo, jamás volverían a tener ocurrencia.
“En nombre de mi familia, de las víctimas del genocidio de la Unión Patriótica, acepto el perdón público por el asesinato de mi padre”, respondió el representante a la Cámara por el Polo Democrático Alternativo, Iván Cepeda, dirigiendo su mirada a la curul que ocupara Manuel y el periodo 1990-1994 y marcada con una pendón del tricolor nacional.
Porque fue una velada de honor y memoria en un país que se obliga a la amnesia que imponen los medios. Por eso los cánticos espontáneos de varias docenas de sobrevivientes de la UP, y militantes de la izquierda, atiborrados en los balcones del Salón Elíptico apenas se escuchó la voz oficial del gobierno, “pido perdón”, que entonaron las estrofas de un himno callejero del movimiento: Yo te daré, yo te daré, una rosa y esa rosa se llama UP.
Unos blandían fotos de Cepeda y otros cartelitos hechos a la carrera, que rezaban: Falta pedir perdón por 3999 víctimas de la UP. Y en un inusual lamento por tamaña salida del libreto, el presidente del Congreso, exigió compustura a los dolidos asistentes rematando su salida en falso con su “benévola comprensión” por el dolor de los asistentes.
Lamentable que la asistencia de los Honorables Representantes y Senadores fuera tan precaria. Contamos al inicio de la sesión, unos 80 de los 240, pero a la mitad de la ceremonia solo quedaban 40. Hubiera sido penoso un llamado a lista.
En el asesinato de Cepeda, intervinieron militares de alto rango, entre ellos un general, que actuaron en connivencia con grupos paramilitares, recordó Iván. Por eso no se entendía que los grandes ausentes de esta noche del perdón, mas no del olvido, fueran precisamente los altos mandos. Lo único militar que hizo presencia allí, fue la banda de la armada con sus arreos de gala, para tocar las notas del Himno Nacional. Se marcharon de inmediato.
Lo importante era ver reunidas tantas caras alegres, los rostros de la esperanza en un país mejor. Iván, el persistente defensor de derechos humanos, su hermana María, su tía Ruth quien narró en unas bellas palabras una pequeña historia de la casa paterna de Popayán, y clamó al ministro por el respeto a la oposición.
Carlos Lozano, el director de, que reemplazara en 1989 a Cepeda en la dirección del semanario y quien se dirigió al país en nombre del Partido Comunista, resaltando este momento que calificó como histórico en la vía de reparar a las víctimas del genocidio.
Y desde el exilio, las cortas intervenciones a través de un video, de la última presidenta de la UP, y concejal de Bogotá, Aída Abella y Hernán Motta Motta, el senador del movimiento que tomó la curul de Cepeda.
También asistieron, en un honor a las víctimas, el presidente de la Corte Constitucional, el vicefiscal general, el Defensor del Pueblo, la alcaldesa de Bogotá, aliada de la UP en las memorables jornadas del 80, Clara López.
Y toda la rica pléyade de organizaciones defensoras de derechos humanos, en especial el Colectivo de Abogados Alvear Restrepo, que recibió el reconocimiento de Iván Cepeda por su labor en el esclarecimiento del crimen de Cepeda y la demanda ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Iván resumió el acto histórico, anotando que con la aceptación oficial del crimen, se cumplía con un acto de justicia, se reconocía la verdad histórica y se sentaba un precedente para esclarecer el genocidio de la UP, y finalmente, que el acto de perdón renueva la esperanza que Colombia pueda poner fin al conflicto.
“Sin que se esclarezca el genocidio de la UP será muy difícil alcanzar la paz, una paz con justicia histórica” reclamó Iván.
No faltaron los sindicalistas, estudiantes, líderes agrarios y decenas de amigos y simpatizantes de la UP, en esta memorable sesión para los anales de la historia. Para que de verdad, se comience a hacer justicia y que como el mismo ministro Vargas Lleras, nunca más se repitan estos crímenes contra la nación.
Roberto Romero