Escrito por Oficina de Comunicaciones Centro de Memoria, Paz y Reconciliación
Conmemoraciones
Pocos aniversarios se refieren a eventos que pertenecen a millones de seres. Y que siguen tan campantes resistiendo la prueba del tiempo: nos referimos a la Vuelta a Colombia en bicicleta, y su hermanita menor, la ciclovía.
La primera llega por estos días a su edición sesenta, y la segunda hace unas semanas cumplió 35 años colmando los domingos de aros y manubrios las principales arterías de Bogotá.
En un país azuzado por un conflicto que insiste en no dar tregua, cada pedalazo en la Vuelta a Colombia testificaba la vocación de paz de los colombianos apostados a la vera de trochas y carreteras destapadas saludando la caravana con pañuelos blancos y dando vítores a sus favoritos.
También era una forma de olvidar los pesares de un conflicto latente en comarcas y regiones apartadas del centro. Etapas como Riosucio-Supía, Cali-Armenia, Socorro-Tunja, Armero-Ibagué, para citar solo algunas cuyos parajes estuvieron o seguían marcados por la intolerancia de los años sin cuenta, hacen recordar el país que teníamos.
¿Cómo no imaginar esos años iniciales de la gran prueba: 1950, 51, 52, 53, 54... azotados por la violencia en campos y ciudades y con el recuerdo aún fresco del asesinato de Gaitán rondando en la mente de la nación?Porque la Vuelta a Colombia en Bicicleta de esa época era un recorrido por un país sometido al Estado de Sitio que solo desapareció con su manto de arbitrariedades en las postrimerías de los 80. Con unos campesinos levantados en armas en los Llanos y extensas zonas del Tolima que solo se amnistiaron en 1954.
Ese hálito de paz del certamen adquirió tanta fuerza que eran los propios presidentes desde el Palacio de San Carlos o las reinas de belleza, quienes daban el banderazo inicial a los ciclistas. Y cada capital de departamento donde llegaba el tropel de escarabajos se convertía en un jolgorio que ahuyentaba, así fuera por un par de días, los avatares del conflicto.
En esta tarea jugó un papel decisivo la radio. Sus transmisiones por aquellas trochas fue una acción heroica de locutores y técnicos desde sus carros móviles con una sintonía total en el país.
Las viejas generaciones se acordarán sin esfuerzo del "Zipa" Forero, el primer ganador de la vuelta en 1951, de Ramón Hoyos, vencedor de cinco vueltas, y las nuevas quizá de Martín Emilio "Cochise" Rodríguez, Rafael Antonio Niño y Lucho Herrera.
El país cambió. Ya no es el mismo de los años cincuenta, aunque sigue sin resolver su problema crucial, el de obtener una paz duradera.
La Vuelta sigue su recorrido, ahora en carreteras de verdad, en ciertos tramos, pero lejos del gran interés de antaño.
Los ciclistas acumularon tal capital que se tornaron en profesionales y los mejores marcharon a Europa.
Herrera se coronó campeón de la montaña no sólo en Francia, sino también en Italia y España, donde ganó la vuelta. Además ganó la Dauphiné Libéré. Parra, por su parte, no sólo consiguió el título del mejor neoprofesional en el Tour de Francia sino que se convirtió en el primer latinoamericano en subir al podio de los ganadores al clasificarse tercero en la general en 1988.
La versión sesenta tomó su partida el pasado 1 de agosto en Medellín. Y aunque será transmitida por la radio y el canal institucional la llevará a todos, no hay duda que para los colombianos ya no será tan atractiva como en aquellos años fundacionales. Pero en la memoria siempre habrá un rincón para esta hazaña de la nación que demostró que la alegría y la esperanza acaban siempre por imponerse, a pesar de las peores circunstancias.
Como pasa cada domingo, desde hace 35 años, cuando en Bogotá centenares de miles de habitantes recorren los 121 kilómetros de la ciclovía más extensa del mundo. En una confraternización de la tolerancia y construcción semanal de cultura de paz.
Diseño: Astrolabio