Escrito por Maureén Maya Sierra Domingo, 09 de Agosto de 2009 00:00
Conmemoraciones

Han transcurrido quince años desde que el último senador de la UP, fuera asesinado en Bogotá, sin que hasta la fecha se haya logrado absoluta claridad sobre su crimen y se haya identificado a los autores intelectuales del magnicidio. La memoria de Manuel Cepeda, no sólo la sostiene hoy su hijo Iván a través de una valiente lucha por los derechos de las víctimas del genocidio de la UP y de crímenes de Estado, sino que además, el legado de Manuel, recordado como un hombre de hondas convicciones y principios insobornables, se sostiene hoy invicto en la conciencia de quienes aún creen en el derecho a pensar, a actuar y decidir con libertad y autonomía.
Esta Patria en declive
Carta a Manuel Cepeda Vargas
Gloria Cepeda Vargas escritora colombiana
Sitiada por los requerimientos cotidianos, hace tiempo no te escribo. Pero sucede que el 9 de agosto del 2004 se cumplieron diez años de haberte ido a cantar y a luchar a otra parte.
Cada día veo más claro el porqué de tu ausencia. Eras una piedra en el zapato de muchos de los que hacen alarde de conciencia militante y por eso el dilema que en vano intentaste resolver, te doblegó sin concesiones.
Eran otras tus miras. Otro el hilo con que intentabas remendar el vestido de esta patria en declive. Hoy sé que luchar contra la corriente es empresa fallida. Lo dijiste con ese tono entre escéptico e irónico que sazonaba tus poemas: "Esto va a ser para largo/ que así lo entienda la gente/ no van a desensillarnos/ de repente/ Despierten si están dormidos/ indiferentes..."
Hace unos días, hojeando a Neruda, retrocedí en el tiempo: tú te mirabas en "los ríos arteriales" del "Canto General" y yo en la lluvia que calaba las páginas de "Estravagario". Intentábamos explorar esa caverna que, a pesar de las vueltas y revueltas, espejea sin tregua. Debo decírtelo una vez más: "La espada en la piedra" e "Incitación al nixonicidio", son dos libros escritos por Neruda en el más burdo estilo panfletario. Lo sabes y espero que no me contradigas como solías hacerlo cuando hablábamos de sus debilidades y fracasos.
En esa barahúnda sin cuartel que te arrasó la vida, sigues siendo insustituible. No hay quien te iguale en el fervor de la palabra ni en el valor suicida que te llevó, absorto y ciego, por caminos y atajos. Sé que viviste como lo hacen quienes escogen su destino. Que a pesar de la miel que nos doró la infancia, lograste dar el salto y que, no obstante la rudeza del día, el sentimiento y la verdad te arrebataron para siempre.
Como uno de mis primeros deslumbramientos, recuerdo la evocación que hiciste de la obra poética de Barba Jacob. Ahí encontré el origen de su trashumancia dolorosa. El "ancho grito de eternidad" con que mitificaste sus desvíos, lo iluminó sin delatarlo.
Los humanos somos criaturas de flaqueza. El testimonio de las cosas y los seres amados, se diluye como un rastro de humo. Necesitamos volver al gesto, al tono de la voz, al ademán, al perfume. El 9 de agosto de 1994, se te apagó la sombra. No importa ahora quiénes fueron los autores de un crimen tantas veces digerido por este país inconmovible.
Mira si fuiste un hombre de huesos, piel y sangre colombianos, que a pesar de haberte derramado por los aires y las hablas del mundo, permaneciste uncido a la tierra donde aprendimos a rodar.
Ya una vez escribiste: "Sobrevendrá la victoria de la utopía". ¿En qué tiempo sin tiempo te quedaste? Quizá trasponiendo el desierto que nos separa de lo desconocido, fuiste con Mayakovsky o con Vallejo a reanudar el diálogo interrumpido en la mitad del mar.
Releyendo tus versos, intento hallarte. Palpar el filo de tu limpio cristal. El desvelo de tus pinceles y tus libros. El tremor de esa ráfaga que, trasponiendo una ventana abierta a lo implacable, te oyó decir:
Recuerdo un ave blanca, un río,
un agua oscura y un velero.
Debí mirar un poco más,
amar, luchar un mundo más,
para dormir me sobra tiempo.
De mi libro "Carta a Manuel", "Elegía en agosto":
No entiendo y no entender es grito desplomado
sobre un mar de tentáculos hirvientes.
La lámpara me dice que en la calle
se volvió humo y ceniza
tu edificio de pájaros.
Hay un hueco de brasas apagadas
en la cortina, en el tapiz que vuela,
¡Eras tan joven! ¡Tan de sol ardiente!
¿Dónde empezaba el mundo?
¿En qué suburbio a media luz, crecía
tu girasol radiante?
¿Cómo fue que los ángeles proscritos,
los grises hombrecitos de cemento,
las bandera, los himnos,
te dejaron marchar? ¿Por qué la vida
que tenía en tu brazo un río combatiente
permitió que te fueras
hombre de savia dulce, de cristal poderoso?
Un reloj que apacienta la ternura
de los siglos dormidos,
una estrella que riela
sobre tu poesía, sobre tu alma,
sobre tus caballitos inocentes
me dicen que esperaste ¿o no esperaste?
¿o no estabas y estabas en vigilia
junto a la mineral doncella desflorada?
Arde tu voz y truena como el cielo, a lo lejos,
se apaga y resucita
a gritar que en un charco que alimenta
a los hombres de lodo
se subasta la vida.
Los últimos papeles te encontraron
en el umbral del alba
sorteando el horizonte del ave de rapiña,
clamando por los huesos insepultos,
por el hambre y el frío,
por la historia
de esta Colombia, roto cántaro abandonado.
Te sea leve ese patio de arcos desconocidos
donde ahora amaneces,
donde palomas nuevas y manzanas de oro
te acompañan.
Ahora podrás pensar y cantar sin fatiga
-ni aves ni mariposas mutiladas-
Atrás quedó la arena movediza
y esta noche
tu noche
la de todos.
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En 1952, mientras realizaba estudios de derecho en la Universidad del Cauca, decide ingresar al Partido Comunista Colombiano durante la Campaña de Crecimiento que orientó éste después del asesinato en Cali del dirigente popular Julio Rincón. En 1958, en el VIII Congreso del PCC, es elegido a su Comité Central y encargado de la reconstrucción de la Juventud Comunista Colombiana, JUCO, de la que ocupa la secretaría general. En su labor de reconstrucción milita al lado de Jaime Bateman Cayón, Hernando González Acosta, Yira Castro (su futura esposa), Jaime Pardo Leal y Miller Chacón.
En 1960 se casa con Yira Castro, con quién tendrá dos hijos: Iván Cepeda Castro y Maria Cepeda Castro.
En 1964 es encarcelado por su actividad revolucionaria, y en la Cárcel Modelo de Bogotá escribe el libro de poemas Vencerás Marquetalia, homenaje a la resistencia campesina armada que orientaba el PCC en el Tolima y que desembocaría en la fundación de las FARC.
Fue columnista del semanario Voz Proletaria (luego Semanario Voz) para luego pasar a dirigirlo, ya como miembro del Comité Ejecutivo Central del PCC. Denunció continuamente el genocidio político contra el PCC, la Unión Nacional de Oposición y la Unión Patriótica.
En 1981 publica Yira Castro: mi bandera es la alegría, homenaje póstumo a su esposa que fallece ese año.
En 1992 es nombrado secretario general del PCC, en reemplazo de Álvaro Vásquez del Real. Era senador de la República por la UP, y como tal fue asesinado en las calles de Bogotá el 9 de agosto de 1994.
En su honor, un colegio de Bogotá (Antiguo Colegio IED Britalia) y un frente guerrillero de las FARC llevan su nombre, si bien su hijo Iván Cepeda Castro ha repudiado el uso del nombre de su padre por parte de las FARC y ha condenado en varias ocasiones las acciones de esa guerrilla, reiterado que "Una sociedad justa y democrática, como la que quería mi padre, no se construye a punta de atentados indiscriminados contra la población civil".[1]
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(13 de abril de 1930-l 9 de agosto de 1994)
Alrededor de las nueve de la mañana, cuando el Senador de la Unión Patriótica MANUEL CEPEDA VARGAS se desplazaba en , en compañía del conductor EDUARDO FIERRO PALOMA y de su escolta ALFONSO MORALES AGUIRRE, a la altura de la avenida Américas, fue ultimado por varios sicarios, algunos de ellos como ya se demostró, miembros activos del Ejército Nacional de Colombia.
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No es por la plata
Iván Cepeda Castro
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Toda víctima de crímenes contra la humanidad y genocidio tiene el legítimo derecho a una reparación integral. Como parte de esa reparación el Estado debe garantizar la indemnización proporcional a los daños causados por la acción criminal. En Colombia, luego de largas luchas y de algunos avances legislativos, comienza a abrirse paso el reconocimiento de este derecho. No obstante, encuentra aún numerosos obstáculos para su realización universal y plena. La impunidad generalizada es tal vez el mayor de ellos. Pero además existen múltiples formas de distorsionar o estigmatizar la reparación. Las políticas del actual Gobierno pretenden convertir medidas de asistencia social en acciones que supuestamente repararían de manera satisfactoria a las víctimas. La concepción subyacente a esa clase de políticas consiste en convertir un derecho en una especie de concesión generosa del Estado. Con frecuencia se intenta también contraponer el derecho a la reparación a los derechos a la justicia y a la verdad. La consecuencia de tales distorsiones es degradar en forma adicional la condición de la víctima: de manera implícita se le ofrece una reducida indemnización a cambio de que renuncie a la búsqueda de la sanción judicial y al esclarecimiento pleno de los crímenes. Como si esto fuera poco, en los contados casos en que se presenta una sentencia indemnizatoria de la justicia doméstica o internacional, los funcionarios del Gobierno y sus aliados, suelen presentarla como un lucrativo negocio de las víctimas y sus abogados.
Luego de quince años, en diciembre pasado el Consejo de Estado sentenció a la Nación a indemnizarme a mí y a mi familia por el asesinato del senador Manuel Cepeda Vargas. A pesar de reconocer la responsabilidad estatal en dicho crimen, el reconocimiento viola el derecho a la verdad. El alto tribunal aceptó la responsabilidad sólo por la omisión de los funcionarios públicos al no proteger la vida del senador Cepeda, y no por la acción criminal que urdieron y ejecutaron miembros del Ejército Nacional en compañía de paramilitares, como ya ha sido demostrado.
En múltiples ocasiones se me ha acusado públicamente de lucrarme con los dineros de la reparación a las víctimas. Dichas acusaciones han provenido incluso del propio Presidente de la República, quien me ha calificado de "posar de víctima de violación de derechos humanos" y de utilizar la protección de las víctimas para "pedir plata en la comunidad internacional".
El hecho de que la sentencia proferida riña con mi derecho a la verdad, y que se utilice en forma permanente la calumniosa acusación de enriquecerme con la labor de derechos humanos que realizo, me ha llevado a tomar una decisión. En forma individual, renuncio a toda indemnización por el caso del asesinato de mi padre. Donaré esos dineros a un fondo para que los hijos y descendientes de víctimas del genocidio perpetrado contra la Unión Patriótica puedan recibir educación. Y para formalizar este compromiso he solicitado que se certifique públicamente la donación. Esta decisión no debe ser interpretada de ninguna forma como un gesto que impugne o descalifique el derecho a la reparación que tienen las víctimas. Por el contrario, es mi forma personal de reivindicar ese derecho y de exigir que sea respetada la dignidad de las víctimas. Tampoco significa que renuncie a mis derechos a la verdad y a la justicia. Tal es el fin último y la motivación ética de mi trabajo.
Ver: Sentencia sobre el asesinato del Senador Manuel Cepeda Vargas
Ver : Estado reconoce responsabilidad en asesinato de ex Congresista
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